
La ciudadela del olvido encajonada entre frondozos bosques de napla,
donde la tarde caia juguetona y sumisa cediendo su pecho ante mi boca.
Habia bebido de dos rios que la surcaron, para dejarla encajonada en una ladera,
y la gente que ahí dentro vivía, esperaba que todos los dias fuesen primaveras.
La madrugada del 4 de noviembre entraban por tus puertas tras los densos muros fortificados
un puñado de siete estrellas dejando una estela de encantos, curiosamente saboreabas,
de antemano ya
donde la tarde caia juguetona y sumisa cediendo su pecho ante mi boca.
Habia bebido de dos rios que la surcaron, para dejarla encajonada en una ladera,
y la gente que ahí dentro vivía, esperaba que todos los dias fuesen primaveras.
La madrugada del 4 de noviembre entraban por tus puertas tras los densos muros fortificados
un puñado de siete estrellas dejando una estela de encantos, curiosamente saboreabas,
de antemano ya
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